Archivo de ‘España’

Ni emigrados ni exiliados: indignados e insumisos

“La madre del emigrante”, monumento situado en Gijón (Mapio).-

En un texto publicado hace unos días, Alberto Arce se plantea si los miembros de la emigración española provocada por una crisis económica que se ha hecho permanente en nuestro país podríamos no ser “emigrantes”, sino “exiliados”. Es una pregunta importante para los cientos de miles que nos hemos tenido que ir porque, aún varios años después, arrastramos un sentimiento de extrañeza, e incluso de culpa o sorpresa, como si realmente alguien nos hubieran echado de golpe o si realmente hubiéramos hecho algo mal que hubiera merecido este castigo. Aclarar exactamente qué nos ha pasado, darle sentido a una experiencia que ha resultado profundamente traumática para todos nosotros, nos ayudará a entender mejor qué ha sucedido (y sucede) en España, quiénes somos y qué papel podemos jugar todavía en el destino de nuestro país. Esta claridad también puede ayudar a quienes siguen en España a entender mejor qué sucede y por qué sus hermanos, hijos, amigos o parejas terminan desvaneciéndose de un día para otro.

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Un rey español en 2014

Felipe VIConfieso que no he podido seguir a fondo, ni siquiera de cerca, el proceso de sucesión monárquica que acabamos de vivir en España. Tenía demasiado trabajo y no estaba en casa. Sin embargo, lo que me ha llegado y lo que he leído me ha hecho reflexionar sobre por qué soy republicano y por qué, después de ver las reacciones republicanas y monárquicas al nuevo rey, no abrazo la tricolor del mismo modo que antes.

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España desde afuera: ¿no hay más allá?

Rajoy comparece ante la prensa a distancia (EFE).

Rajoy comparece ante la prensa a distancia (EFE).

Es una pena que el nacionalismo español sea alérgico a los españoles. Cuando uno escucha hablar a nacionalistas, puede pasar un buen rato escuchando gestas y cuentos sobre lo que reyes y emperadores hicieron por su propio interés en nombre su pueblo, pero ni una palabra sobre cómo son en realidad los españoles o qué gesta colectiva acometieron por su propio mérito, y no dirigidos por una nobleza que, a cambio de expoliarles, les llamaba “gallardos, bravos e indomables”. Los mitos franquistas tampoco hicieron mucho por mejorar la imagen de la historia española para un pueblo que, pese a su diversidad, ya tenía claro que ni militares ni sacerdotes velaban por sus intereses. Hoy, 40 años después de los otros 40 de dictadura, también sabemos que los políticos tampoco lo han hecho. Tampoco es que la corrupción nos pillara nunca por sorpresa.

Y es una pena porque las leyendas nacionalistas y el desarrollo de una identidad en sana relación con su historia (algo que no hemos logrado ni por asomo) suelen traer simbolismos, relatos y anécdotas que nos permiten entendernos mejor y, a veces, incluso tomar ejemplo de lo que fuimos para entender mejor el presente. Tomemos por ejemplo el rara vez mencionado lema que ostentamos en el emblema nacional: “Plus ultra”, entre otras cosas, homenaje al descubrimiento de América.

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Escaño vacío, escaño inútil

Leo la tribuna sobre los escaños en blanco que el profesor Urdánoz Ganuza publica en El País el 20 de noviembre de este año y no logro estar de acuerdo ni entender la lógica con que argumenta a favor de computar el voto en blanco de forma que se traduzca en asientos vacíos en el Parlamento. Lo que me preocupa es que esta propuesta, en el fondo, encierra un sentimiento antiparlamentario.

El voto en blanco es perfectamente legítimo a modo de protesta y debería alterar la distribución de escaños en el Parlamento como recordatorio a los partidos de su fracaso a la hora de convencer al ciudadano. Sin embargo, los problemas de la sequía de ideas, de la incompetencia (cuando no de la criminalidad) de la clase política o la presencia de intereses espurios en la Cámara no se resuelven con un grupo de sillas vacías salpicando el hemiciclo.

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“Indijnados” sin sentido el 12 de octubre

Indignación sincera es lo que todos deberíamos haber estado sintiendo en la última década por lo que le hemos hecho a nuestro país. El problema, que hoy encontramos de forma más insidiosa, es que los españoles parecemos tender a canalizar nuestra indignación hacia micropolémicas marcadas por “el último escándalo del día” traído por los medios. Pasamos de estar indignados a indijnaos (lo que, además, conlleva un componente de cabreo físico dañino para la salud).

Normalmente, el objeto de indignación corresponde al último rebuzno del cargo político de turno o al último dato sensacionalista. Lo triste es que, a veces, la indignación es por una causa realmente importante. Pero suelen ser flores de un día, olvidadas con la llegada de la nueva hornada de motivos para el ultraje disfrazados de información.

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