Por la negociación en Cataluña: salgamos a la calle

Ayer tuvieron lugar actos de gravísima violencia contra ciudadanos catalanes que ofrecían resistencia generalmente pasiva a los cuerpos de seguridad españoles. Que más de 800 ciudadanos españoles fueran maltratados gravemente por su propia policía es lo más importante de lo sucedido ayer en Cataluña. Esa fue la gran novedad de ese día. Que un gobierno regional en rebeldía organizara una farsa como excusa para declarar la independencia y que el gobierno central siguiera en su búnker de silencio, incapaz de articular argumentos y acciones dirigidas a convencer y negociar tampoco era novedad: llevaba sucediendo demasiado tiempo.

Sí, el gobierno catalán se ha aprovechado de varias coyunturas para movilizar masivamente a su población varias veces en pro de la secesión de España durante siete años. Apenas lo ha justificado y ha renunciado a tener un debate serio sobre si ello redundaba o no en el interés público de Cataluña (o de España). Ha decidido hacer las cosas por las bravas y apelar a las ideas nacionalistas de tan triste recuerdo en la Europa a la dice pertenecer. Ha buscado convertir a los catalanes en una masa sorda que siguiera consignas. Ahora, está a punto de cometer el error histórico de declarar la independencia con apenas la mitad de su población a favor y sin haber acordado nada con el estado español.

Sí, el gobierno español se ha hundido en la estulticia de su incapacidad para articular una sola respuesta política dirigida a velar por los intereses de los ciudadanos de Cataluña, que cínicamente dice defender. Ha sido cómplice del gobierno catalán al entrar en un conflicto que sabía de antemano que no pensaba intentar resolver políticamente, sino por la fuerza. Ha intentado usar la fuerza y ha herido a cientos de catalanes al hacerlo. Tiene responsabilidades políticas y criminales en ello. Su comportamiento ha sido malicioso desde la omisión de su deber de velar por el buen funcionamiento de la sociedad.

Nos encontramos en la antesala de la que puede convertirse en la mayor crisis de la democracia más próspera de nuestra triste historia: el gobierno catalán ha manifestado su intención de declarar la independencia. Si el gobierno español no actúa de forma históricamente valiente y generosa y hace un llamamiento inmediato a la negociación transparente (o hace una oferta de gran calado histórico, como una reforma de la Constitución) a cambio de detener esta locura, nos veremos involucrados en lo que puede culminar con la ocupación de facto de Cataluña y con un auténtico conflicto congelado que nos desangrará como sociedad a corto, medio y largo plazo. El gobierno español no parece dispuesto a hacerlo, sino a utilizar la fuerza una vez más.

Entre ambos extremos institucionales de irracionalidad política, de pérdida del sentido de la política, nos encontramos los españoles, perplejos y desolados al prever las consecuencia de tamaña sinrazón. Solo nos queda salir a la calle pacíficamente, pero con firmeza, para reclamar un alto a esta carrera al abismo y una negociación inmediata. No por un “derecho a decidir”; no por una “España republicana”; no por “la abolición de la monarquía”, como cada vez que salimos con las banderas de cada uno. Salgamos por nosotros mismos, sin banderas, como los ciudadanos que formamos España al convivir pacíficamente a diario. Ante tanto desmán, no podemos permanecer al margen. Tenemos el derecho democrático, y tal vez el deber moral, de salir a la calle a manifestar una voluntad histórica de paz y acuerdo. No podemos seguir siendo testigos silenciosos de la preparación para la barbarie, ni dejar que los fanáticos decidan nuestro destino como país. Hagámoslo cuanto antes, catalanes y demás españoles por igual. Volvamos a las plazas para que triunfe la razón.

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