Ni emigrados ni exiliados: indignados e insumisos

“La madre del emigrante”, monumento situado en Gijón (Mapio).-

En un texto publicado hace unos días, Alberto Arce se plantea si los miembros de la emigración española provocada por una crisis económica que se ha hecho permanente en nuestro país podríamos no ser “emigrantes”, sino “exiliados”. Es una pregunta importante para los cientos de miles que nos hemos tenido que ir porque, aún varios años después, arrastramos un sentimiento de extrañeza, e incluso de culpa o sorpresa, como si realmente alguien nos hubieran echado de golpe o si realmente hubiéramos hecho algo mal que hubiera merecido este castigo. Aclarar exactamente qué nos ha pasado, darle sentido a una experiencia que ha resultado profundamente traumática para todos nosotros, nos ayudará a entender mejor qué ha sucedido (y sucede) en España, quiénes somos y qué papel podemos jugar todavía en el destino de nuestro país. Esta claridad también puede ayudar a quienes siguen en España a entender mejor qué sucede y por qué sus hermanos, hijos, amigos o parejas terminan desvaneciéndose de un día para otro.

La primera reacción que uno tiene ante esta pregunta es de incredulidad y, tal vez, incluso de irritación; un exiliado, o un desterrado, es alguien que ha sido forzado a abandonar su país por motivos políticos o, en el pasado, judiciales. No poder encontrar trabajo en tu país no parece tener mucho que ver con esta definición, falta la violencia política. ¿Qué pretenden llamándose así? Por otra parte, nuestra generación no es la primera en enfrentarse a la emigración, y solo utilizamos el término exilio en la memoria reciente para referirnos a los que abandonaron España tras la derrota militar infligida a la Segunda República por militares golpistas. Consideramos a quienes les sucedieron en los años ’60 como un ejemplo típico de emigrante, y no de exiliado. Por tanto, puede sernos de utilidad a la hora de entender en qué modelo encaja esta ola migratoria ver en qué se diferencia de las anteriores. ¿Realmente somos tan especiales?

Los emigrantes de los ’60 lo fueron porque la industria española no podía absorber la mano de obra no cualificada que le venía de un campo en mecanización creciente. Eran, en su mayoría, hombres casados, procedentes de zonas rurales y asistidos en su empresa por el Estado a través del Instituto Español de Emigración. Por nuestra parte, los emigrantes de la que considero crisis del saqueo, somos abrumadoramente urbanitas, mujeres en dos de cada tres casos, y con una amplia mayoría de graduados universitarios [1]. Los primeros se fueron porque su trabajo había desaparecido y no había suficiente empleo similar. Los segundos nos vamos porque no hay trabajo y porque, a pesar de nuestras capacidades, no vemos la posibilidad de crearlo. A diferencia de los emigrantes de los ’60, somos una generación educada, lo que quiere decir también flexible, emprendedora y con recursos para reinventarse y aplicar su conocimiento a trabajar en varias áreas distintas. El hecho de que, a pesar de ello, hayamos tenido que marcharnos puede sugerir que los motivos no son meramente económicos, sino que han de estar relacionados con un elemento externo a la economía, como, por ejemplo, la política o la cultura laboral imperante.

Porque, ¿acaso no son decisiones políticas las que han precarizado el trabajo de los jóvenes hasta hacerlo insoportable e incompatible con el desarrollo de una vida digna? ¿O que crear una empresa (es decir, ponerte a trabajar y facturar a quien quiera comprar tu trabajo) sea imposible para la mayoría y el régimen de autónomos una trampa kafkiana para drenar la energía de los más decididos? ¿O rebajar la cobertura sanitaria y desbaratar el sistema educativo a base de recortar conocimiento y reducir el debate a si religión o ética o más horas de inglés? Y estas son solo algunas de las preguntas que podríamos hacer en este apartado, dejando de lado un análisis más detallado de quién ha incrementado su riqueza mientras cientos de miles se veían forzados a irse [2]. ¿Acaso quienes tomaron estas decisiones no eran capaces de prever las consecuencias directas que iban a padecer los compañeros menos privilegiados de sus hijos y, sin embargo, siguieron adelante con ellas? En este daño, las armas han sido la legislación y la economía; y la decisión (o la autoría intelectual), política. Las víctimas, los cientos de miles que han perdido su familia, amigos y patria, y los demás millones que los han conservado en su mayoría a cambio de malgastar años de su vida en desesperación creciente.

Con esto, se me puede acusar de impreciso y exagerado. Los gobiernos toman todos los días decisiones administrativas, como modificar los requisitos para sacarse el carnet de conducir, o las vacunas obligatorias para los animales de compañía y nadie se rasga las vestiduras por ello soltándole a Rajoy un no te lo perdonaré jamás, Mariano Rajoy. Jamás. Además, el paro ha bajado algo y, mal que bien, el país sigue adelante, los titulares sobre las subidas y bajadas estacionales del desempleo y su comparación con el año anterior se suceden tediosamente, la vida sigue y ya es primavera allá donde cada vez menos pueden comprar.

Pero pienso que las consecuencias (y, en el fondo, los orígenes también) de esta ola migratoria tienen una naturaleza política profunda ausente en otras; es decir, tienen una relación con el uso y la distribución del poder en España. Los que nos estamos yendo, la generación cuya capacidad para cambiar el país está quedando mutilada, es la primera en los 500 años de reino unificado que llevamos que se ha criado en democracia, y la primera en acudir masivamente a la universidad. Como tal, tiene unos valores sociales y políticos (equidad, meritocracia, consenso en lugar de autoritarismo, respeto a la diferencia) que amenazan la estructura del poder real en España, donde una parte muy representativa de quienes lo detentaron durante la dictadura lo ha seguido conservando y reproduciendo en la democracia, y con la otra parte en clara sumisión implícita. Esta es la generación llamada a iniciar la regeneración y a alejar España de los hábitos de la dictadura definitivamente, no solo en lo político, sino también en lo cotidiano (en lo doméstico: es decir, en la economía). Son los hijos de la Transición en los que sus padres depositaron todas sus esperanzas y aquellos valores que deseaban para su país, aún cuando no fueran capaces de comprenderlos del todo ni de vivirlos. Pienso que esto añade un componente político adicional a esta ola migratoria, otorgándole una significación histórica diferente a otras. Resulta francamente útil a quienes todavía conciben España como su cortijo que estas generaciones en concreto pierdan parte de su fuerza dispersándose por el mundo y, tarde o temprano, cortando vínculos con su país.

‘Grises’ reprimiendo una manifestación en 1976. Foto histórica de Manuel Armengol (Twitter).

Por tanto, pienso que la situación de destierro de parte de nuestra generación sí tiene un componente político importante. Pero, en lugar de articularlo como un fenómeno exclusivo de quienes nos hemos ido, la posibilidad histórica del cambio en España se beneficiaría de que lo entendiéramos como un fenómeno político generacional que afecta a varias cohortes con características muy concretas y únicas en la historia de nuestro país (las próximas generaciones, las hijas de la crisis, serán muy distintas a las nuestras, y corremos el riesgo de que los valores en que crezcan ahoguen aún más el impulso que las nuestras heredaron del idealismo de la Transición). Afecta también a los que no se han ido porque, al margen del drama personal de cada separación, cada salida reduce nuestra fuerza en la sociedad y retrasa el momento en que nuestros coetáneos lleguen al poder y nuestros valores puedan comenzar a tener un mayor impacto real en el desarrollo de nuestro país.

Sí, nos fuimos por la política, y nuestra salida, aunque en su momento no tuviéramos conciencia de ello, también fue un acto político. Si leemos cualquier reportaje sobre los jóvenes que se van y nos fijamos en las razones que dan, siempre pueden resumirse en un “no quería vivir así”. Ser capaz de articular esta frase y llegar a la conclusión de que, para ello, tienes que dejar atrás tu vida y tu país, implica una dignidad, una insumisión y un compromiso personal con unos ideales cuya ausencia en mayor o menor medida es precisamente una de las mayores razones por las que nos quejamos del estancamiento de nuestro país. Tal vez, en un giro lingüístico generacionalmente significativo, podríamos decir que nos fuimos porque estábamos indignados, seguimos fuera porque seguimos indignados, y no podemos volver porque estamos demasiado indignados. En nuestra mano está seguir reflexionando, debatiendo y conspirando para que esta indignación no se pierda y se traduzca en España en insumisión e inconformismo que han de seguirla y de una intensidad necesaria para que dé fruto; para tener un país decente del que sentirnos plenamente ciudadanos.

En definitiva, probablemente no seamos exiliados, pero tampoco somos meros emigrantes: nuestra generación y la promesa de los valores que trae está siendo suprimida, disuelta y disipada a través de un proceso político y precisamente por la amenaza política que suponen para el poder establecido en España. Que tantos terminemos emigrando no puede ser irrelevante a la hora de entender este proceso de cambio histórico que puede suceder en nuestro país. Necesitamos articular este proceso, determinar los elementos que lo producen, quiénes son los responsables, y una estrategia para revertir y reparar el daño que nos han hecho como sociedad. Sé que esto es precisamente lo que están haciendo muchos de nuestros coetáneos en España (y algunos fuera de ella). Pero, tal vez, necesitemos una toma de conciencia mayor entre los que nos hemos ido. Desarrollar el sentido político de nuestra condición, como propone el texto de Alberto, puede ser un paso importante para hacerlo.

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  1. [1]INJUVE (2013): La emigración de los jóvenes españoles en el contexto de la crisis. Análisis y datos de un fenómeno difícil de cuantificar. http://www.injuve.es/sites/default/files/2014/17/publicaciones/Emigracion%20jovenes_0.pdf pp. 86-110
  2. [2]Que podría comenzar, por ejemplo, por entender cómo es posible que los millonarios hayan crecido un 8% durante la crisis: http://economia.elpais.com/economia/2016/09/06/actualidad/1473170787_748232.html

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