La esencia del amor (divagación)

Había empezado a releer El nombre de la rosa, de Umberto Eco, y, aprovechando que pasé varios días en cama con fiebre, avancé en la lectura y me volví a ver la película. Debió ser la combinación onírica de la fiebre, la escritura de Eco y el releerlo con 34 años, pero el libro me habló de un modo muy distinto a cuando lo abrí por primera vez a los 14.

Por un lado, el lenguaje rico y reposado de Eco me sumió en un estado meditativo, en el que el paciente trabajo milenario de los monjes copistas que describe se mezclaba con las visiones de Adso en la iglesia  de la abadía y con cada giro de las discusiones filosóficas de su maestro con los monjes que iba interrogando. A eso se le sumó la alegría de volver a leer en mi lengua materna castellana. [1]

Entonces, como si todo encajara de golpe, entendí de pronto lo que siempre, sin saberlo articular, había concebido como la esencia misma del amor, y que tanto me había costado definir en estos tiempos de bronca política y humanitaria sin caer en la sensiblería.

Pensé cómo, por lo general, estamos repitiendo constantemente los errores de quienes nos han antecedido, y  cómo envejecemos viendo a los más jóvenes repetir nuestros propios errores –de juventud, de confusión, claro– y guiarse por asunciones equivocadas (la crueldad hacia otros, el fanatismo en las convicciones, el resentimiento hacia el diferente, la lisonja al pícaro o al poderoso, la lascivia oportunista… pero, en el fondo, el miedo). Entendí que, a pesar del férreo anticlericalismo que haber pasado por un colegio religioso me inculcó, sí tienen razón los cristianos al hablar de “faltas de amor”.

Me di cuenta de que he recibido tanta belleza, tanto placer, y, en el fondo, tanto amor de todo aquello que mi especie ha creado, de quienes me han antecedido en esta vida humana –el trabajo paciente de los monjes medievales copiando y traduciendo con una pasión tan ardiente como silenciosa las grandes obras del conocimiento pretérito no es más que un ejemplo.

Cada vacuna, cada alimento, cada pieza minúscula de conocimiento o técnica que ha mejorado mi vida y jamás llegó a afectar a la de quienes me antecedieron es testimonio del amor de los hombres que pasaron por esta vida antes que yo por crear, por mejorar, por darle a los hombres del futuro algo mejor. Mi vida, mi conocimiento, mis capacidades, e incluso el hecho de que mis emociones hayan sido educadas de forma que no me destruyan también se lo debo al pensamiento y buen obrar de aquellos que vivieron antes.

Al mismo tiempo, podemos referirnos a la misericordia, la piedad, la compasión –la inmensa compasión– por quienes caerán en mis errores, o en otros parecidos o derivados de carecer de aquello que yo he tenido, o por quienes sentirán miedo por las mismas razones. En definitiva, por todo aquel a quien sería capaz de comprender en tanto que ser humano; cuyas diferencias conmigo sean meramente de haber tenido o no, de haber recibido o no, el legado que la especie había acumulado para él o para ella, y que le corresponde por derecho del amor colectivo de nuestra especie hacia sí: por la compasión.

Y este amor de quienes vinieron antes es precisamente el que siento hacia mis semejantes –hacia quienes en cualquier tiempo, pasado, presente o futuro, también penan en la comprensión de esta vida humana, de este hecho de estar vivos entre otros hombres–, un amor que me empuja a querer recibir al extraño o al amigo, a escucharle, a tratar de entender en qué parte de la perplejidad vital se encuentra para poder ayudarle a dejar de sufrir, a dejar de tener miedo; y a empujarle a hacer lo mismo por otros. Este debía ser el mensaje original del cristianismo.

Precisamente por este amor que siento al contemplar la belleza del quehacer humano –al leer a Eco o ver la hermosa versión de su obra que filmó Jean-Jacques Annaud, al contemplar el fruto de nuestras mentes y de nuestro trabajo, o el hecho de que somos capaces de sentir compasión unos por otros–, también yo quisiera dejarles algo.

Por este amor, quisiera dejar algo al acervo colectivo de mi especie, a su mejora; algo que no ha de ir necesariamente unido a mi nombre. Quisiera que mi legado fuera tan natural y bueno para ellos, que no fueran capaces de imaginarse la necesidad de que un hombre en concreto lo conciba. Quisiera que simplemente lo reciban y no acierten a imaginar, al menos en un primer momento, que fuera necesario crearlo para el ser humano. Quisiera simplemente haber contribuido a que hayamos logrado ser mejores.

Y, así, el olvido en que mis cenizas caerán será testimonio de este amor que las consumió. Precisamente un polvo enamorado que habrá tenido su sentido en el fruto de su amor que pervive y florece.

Pienso, siento, que es de este amor, de esta serenidad y comprensión, de donde nace todo lo demás que tratamos de nombrar como tal. De ello y de la primera rosa.

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  1. [1]Y es tanto lo que la empiezo a anhelar en este país de encrucijada de pueblos nórdicos, orientales y centroeuropeos. Aquí, los ecos siseantes, pesados, lentos o rotundos de las lenguas que me rodean, forjadas en la oscura crueldad de una tierra torva, helada y ahogada en pantanos de agua turbia y nieve ensangrentada, oprimen hostiles el canto del castellano; y casi anulan del todo el recuerdo de la luz y la calidez de una mañana de primavera española, que, sin embargo, logro evocar con apenas unas frases en mi lengua traídas de la distancia de mi memoria.

Un comentario

  • Pablo…ha sido tan emocionante leerte…sigue…beso

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